jueves, 15 de octubre de 2015

Luna mía

El tacto del césped virgen bajo sus pies la hacía estremecer. Hacía tantísimo tiempo que no deambulaba por esos bosques tan antiguos casi como el mismo tiempo…

Su larga melena blanca y las orejas puntiagudas que sobresalían de ella dejaban claro que no era humana. Más alta. Más esbelta. Y por mucho que a las otras razas les costase admitir, más hermosa.  Sus ojos llenos de estrellas le permitían ver en la más absoluta oscuridad como si fuese de día. Los tatuajes de su piel mostraban su equilibrio con la naturaleza. Su cuerpo, alto y fibroso era contrarrestado por su tierna mirada.  Ella era una elfa, y maldita sea, pertenecía a sus bosques.

En esta época de año empezaban a bajar las temperaturas por las noches, aunque en estos bosques casi siempre era de noche. Aun así sabía que no debía temer. Se había quitado la armadura para que su caminata le resultara más cómoda. Tan solo llevaba sus togas y su caperuza, en un vano intento de que no la reconocieran. No quería tener que parar, faltaba muy poco tiempo.

Le gustaba andar descalza por esos bosques que la vieron despertar por primera vez hace muchos, muchísimos años. Despertó descalza, y andaría descalza por el bosque que la había visto siempre así. Toda su armadura estaba bien guardada en las faltriqueras que colgaban de la grupa de su montura, un hipogrifo plateado, casi tan blanco como la nieve virgen, y sobre todo, blanco como su mismo pelo. Hacían una buena pareja.


El viento frío le azotaba la cara y casi la despeinaba. Había bajado de Plata. Apenas tenía prisa. Sólo quería disfrutar de los sentidos de su bien amado bosque. Su olor, sus sonidos, su tacto...

Recostada sobre su fiel amiga, cerró los ojos y dejó que su subconsciente vagase por todos esos recuerdos que le traía el frío.




Hacía tanto tiempo ya… Todas y cada una de las cicatrices que tenía repartidas por su nívea piel le recordaban a todos los horrores a los que se había enfrentado durante su vida.
Jefes, reyes, demonios, hasta a la mismísima muerte había desafiado, y ella, victoriosa, había traído la paz a todos los reinos. El frío le traía un especial recuerdo; en lo alto de una torre, al filo del mundo, mirando al abismo a los ojos. Sabiendo que si fallaban, todo estaría perdido. Unos últimos alientos de sus compañeros de batalla. Casi agotados física y mentalmente, ni una gota de magia en sus cuerpos. A punto de abandonar toda esperanza en la Luz...

Se agitó inquieta, aún con los ojos cerrados.  Plata, al darse cuenta, rozó suavemente el hombro de la elfa con su pico.  Hacía ya cinco años que había ganado una cría de hipogrifo en un torneo, en las lejanas tierras nevadas del norte. Y cinco años después aquí estaban las dos. Sonrió al recordar lo fácil que había sido ganarse la confianza de Plata al entregarle comida. Acarició su espeso plumaje mientras sonreía. Al menos, el viaje al fin del mundo le había entregado una compañera fiel.

Unas pisadas fuertes sobre la tierra hicieron que la elfa saliera de su ensimismamiento. Al girarse para ver quien las provocaba sólo pudo sonreír.

-“Esta vez me ha costado encontrarte, Luna mía, este sitio está escondido” -  Un humano fornido, de barbas y melena grises avanzaba hacia ella con las riendas de un dragón de bronce en su mano derecha. –“Aquí el bosque es tan espeso que es más rápido ir a pie que ir volando.”

Se puso de pie rápidamente. Su corazón se había saltado un latido. Se alisó la túnica y se arregló un poco el pelo. Plata trotó hacia el draco para resguarecerse bajo una de sus alas.Si hasta un hipogrifo norteño tenía frío...

- “No sabía que vendrías a por mi, sólo quería un momento para volver a sentir el bosque antes de...” Una pequeña brisa flotó entre los dos llevándose sus últimas palabras.

- “Dentro de poco el Archimago nos llamará, debemos estar preparados. Ya tengo la piedra de portales lista, solo me falta que vengas conmigo” - La postura del guerrero era relajada pero imponente. Él no se había quitado su armadura completa. No estaba tan ligado a Gaia como ella.

Suspiró. Le tocaba volver a ser la Adalid, la comandante de las fuerzas de ataque contra la ciudadela. Dejó el cinturón que estaba a punto de ponerse sobre Plata y se refugió en los brazos de aquel humano. Él se sorprendió mientras la abrazaba de vuelta con un gesto de extrañeza en el rostro. 

- “Lo sé, pero, quedémonos así, solo un momento…” - Apenas un susurro hizo falta para que el guerrero se relajara del todo y apoyara su mentón sobre la cabeza de la elfa. 

- “Todo el tiempo que necesites, Luna mía” -  El escudo de su espalda le recordó todo lo que estaba en juego. No podía rehusar más. No huiría. 

- “Es hora de luchar, Lobo mío, no dejaremos que nuestro hogar sea amenazado de nuevo” -  Le tomó fuertemente de la mano, mientras él sacaba de su bolsillo una piedra blanca con pequeñas inscripciones en azul.

- “Adelante mi Luna, tu primero” - 

Una brecha se materializó delante de ellos. Al otro lado podía verse un bosque, pero mucho más oscuro, mucho más maligno. Un olor a ceniza, a fuego, a pólvora inundó los sentidos de la elfa. Su cara de disgusto no pasó desapercibida.

- “Todo acabará pronto, vamos” -  Un apretón de manos por parte del humano le dio las últimas fuerzas que necesitaba.

Y así, juntos, se adentraron en una tierra extraña, hostil, peligrosa. Pero cada uno consciente de la cercanía del otro.


Tal vez no fuera una mala aventura de todos modos…



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